Algunas veces lo que entregamos a los demás lo hacemos pensando en que nosotros podríamos ser ellos, podríamos necesitar y nos gustaría que nos dieran.
Otras veces somos generosos porque nos inculcaron de pequeños que había que compartir.
Algunas otras para que los demás piensen que somos espléndidos o para evitar que nos tachen de mezquinos o cicateros.
Todas estas y otras acciones benéficas constituyen la generosidad del camino de ida.
Pero hay otra generosidad, que es la del camino de vuelta. Y se manifiesta cuando lo que yo entrego, lo hago por mí, porque deseo hacerlo, porque eso me satisface. Bucay lo resume en una excelente frase: "Me complace tanto compartir contigo, y soy tan egoísta, que no quiero privarme de hacerlo"
Igual que explica Bucay con la generosidad, hay otras muchas cosas de la vida que tienen dos caminos, el de ida (que transitamos muchos o casi todos) y el de vuelta (que solo transitan unos pocos afortunados).
La maternidad (o al menos la maternidad comprometida) tiene también estos dos caminos.
El camino de ida, se inicia cuando una piensa que debe darle lactancia materna a su hijo porque es lo mejor para él; se recorre cuando se duerme con el bebé porque se despierta mil veces y has leído que no es bueno dejarle llorar; se circula cuando mamá trata de no gritar ni pegar ni castigar porque se ha informado de que estas cosas causan traumas y disminuyen la autoestima.
Yo atravesé ese camino. ¡Ay qué duro era!
A veces pensaba en lo mucho que deseaba que mi hijo supiera dormir solito, porque para mí era un suplicio tenerlo toda la noche enganchado a la teta, porque no descansaba nada sin poder moverme. Me podían las ganas de dormir del tirón.
También muchas veces soñé con el día que se destetara, esperaba que fuera pronto, sobre todo superado el año. Yo no podía negarle mi pecho porque no quería hacerlo llorar ni sufrir (y también porque eso "no estaba bien") pero me cansaba estar todo el día y toda la noche dependiendo de él.
Ni recuerdo la cantidad de veces que me largué de la habitación para no pegarle un berrido o una zurra, sí recuerdo muchas veces que de la impotencia le aticé a un cojín. También recuerdo muy bien aquellas veces en que perdí el autocontrol y le hablé mal y le mostré mi disgusto con él, y sintió desamor, se lo vi en la mirada...
Pero ahora algo ha cambiado, porque recientemente he empezado a caminar por el camino de vuelta.
Y este, sin embargo, es de bajada, no tiene pedruscos, lo ilumina el sol.
Ahora ya no deseo que se destete, ni hago nada por ello. No sé cuándo será ese día, que sé que llegará y, aunque no voy a impedirlo, ahora soy consciente que lloraré por lo perdido.

Ahora duermo con mi hijo porque me hace feliz, porque así lo quiero, porque no podría ni sabría hacerlo de otra manera, me resultaría raro, absurdo, antinatural.
Ahora no le grito, ni le castigo,... pero ahora lo hago porque no podría comportarme así, porque hacerle cualquier daño a él sería como hacérmelo a mí, porque me siento fatal cuando no consigo resolver una situación sin acudir al autoritarismo, porque le respeto tanto, que sería incapaz de tratarle como un inferior a mí.
Porque mi pequeño no es sino mi maestro, el que me ha enseñado tantas y tantas cosas, me ha enseñado a conocerme, a vivir, a ser feliz,...
Este es el camino de vuelta de la maternidad: Me complace tanto que seas feliz, y soy tan egoísta, que no voy a privarme de ello.